sábado, 15 de agosto de 2009

martes, 11 de agosto de 2009

Superhéroes

El destino había querido que él, y no otro, fuera el primer humano mutante de la historia. Una portentosa conexión de casualidades cósmicas habían modificado su estructura genética, dotándole con el poder de desplazarse a una velocidad imposible para cualquier otro ser humano.

Al otro lado de un pasillo a oscuras, Amanda, su amada, le esperaba vacilante. Para salvar su vida tendría que correr a una velocidad como nunca antes lo había hecho. Tendría que superar la velocidad de la luz.


Patricio se concentró. Tomó aire en sus pulmones y dejó que su mente quedara en blanco. Las enseñanzas de Antonio, su maestro, resonaron en su mente como en las películas que ponían en la tele antes del toque de queda.


“ Visualiza lo que quieres conseguir, hazlo tangible en tu mente, y nada te resultará imposible”.


Patricio visualizó la carrera en su mente, desde la primera zancada hasta el salto final que lo llevaría a salvar la vida de Amanda. Cuando estuvo preparado levantó la mano accionando el interruptor. En ese mismo instante sus piernas empezaron a moverse.


Fue en su tercera zancada cuando las luces de neón del pasillo comenzaron a parpadear. El significado de aquella señal era innegable: La luz se aproximaba. Inmutable ante el riesgo que se cernía sobre ellos, Patricio siguió corriendo tan rápido como sus piernas se lo permitían, lamentando no tener unas piernas más grandes, quizás como las de su tiránico padre, para acortar más rápidamente la distancia que lo separaba de su amor.


El pasillo se fue acortando, ¡cada vez era menor la distancia que lo separaba de Amanda! Sin embargo, al mismo tiempo el neón seguía parpadeando, cada vez con intervalos más cortos, anunciando la inminente llegada de la luz. El tiempo se acababa y Patricio lo sabía perfectamente.


En un titánico último esfuerzo saltó. Sabía que el momento de la llegada de la luz era inminente y que aquella era su última oportunidad: necesitaba acortar la distancia que lo separaba de Amanda inmediatamente o las fuerzas del mal se apoderarían para siempre de su amada.


Contuvo la respiración y el suelo comenzó a alejarse paulatinamente de sus pies. La intensidad del salto realizado, sin embargo, le forzó a cruzar en el aire sus piernas. En el mismo instante en que su pierna derecha se clavó en la izquierda, supo que había fracasado. Su inestable equilibrio quedó hecho añicos y cayó al suelo, un metro por detrás de la posición de Amanda. En el mismo instante en que su cara chocaba contra el suelo, la bombilla, con un último click, se encendió definitivamente, iluminando completamente el pasillo.


Patricio notó un reguero de sangre cayéndole desde la nariz. El dolor físico quedó, sin embargo, relegado a un segundo lugar, cuando Amanda se levantó del suelo y, mirándole a los ojos, le dijo sin titubear:


“Eres un mentiroso”.


Patricio vio desde el suelo como Amanda se alejaba. Supo que había contado todo lo ocurrido cuando su madre apareció corriendo y gritando por el pasillo. A sus ocho años sintió por primera vez la hiel del fracaso. Con la cara ensangrentada, intentando contener las lágrimas que el dolor quería sacar fuera, Patricio maldecía a Antonio, su profesor de gimnasia y a sus estúpidas ideas sobre la fuerza de voluntad.


Ning1


Nota del autor: Si te ha gustado el relato, te aconsejamos leerlo de nuevo pulsando antes en el video siguiente para acompañarlo de música. ¡La primera parte se vive mucho más! jejeje


domingo, 9 de agosto de 2009

Historias de los pasos de cebra II

-Primero miramos a la derecha...

-... Y luego a la izquierda –terminé la frase mientras observaba cómo mi padre movía la cabeza a ambos lados para luego indicarme que hiciese yo lo mismo. Después, llegaba el momento de la verdad: me cogía de la mano, me daba un pequeño apretón y decía: “Ya sabes, sólo podemos pisar las rayas blancas”.

Asentí impaciente y salté de la acera sin pensármelo dos veces. Esa mañana la maniobra fue perfecta y aterricé con los dos pies en el primer rectángulo del paso de peatones. Nadie más cruzaba. Di el segundo salto con la precisión de un profesional. Pisé justo en el centro de la siguiente isleta y, sin detenerme, tomé velocidad para dar una nueva zancada. En esta ocasión calculé mal y casi rocé lo negro con la zapatilla. ¡Ahí comenzó el miedo!

Sentí mi corazón latiendo enloquecido y un nudo en el estómago me impedía respirar. Empecé a marearme, así que me agaché para recuperar el equilibrio. Me apreté contra el suelo. La voz de mi padre sonaba lejana y no entendía lo que quería decirme. A mi alrededor se había formado un abismo oscuro imposible de cruzar. Cerré los ojos. Todo empezó a dar vueltas. De pronto, sentí que me agarraban por la cintura, no sabía quién era y tampoco quería mirar. Pasó mucho tiempo, no sé cuánto, me encontraba más tranquilo. Escuché a mi madre que susurraba mi canción favorita y me dormí.

Al despertar recordaba vagamente lo sucedido. Decidí que formase parte del sueño y olvidarlo. Desde entonces, me aterran los documentales sobre fauna africana.


NiñoCactus

jueves, 6 de agosto de 2009

Historias de los pasos de cebra I

Camina despacio, con la mirada perdida. Lleva un libro entre sus manos, desde donde me encuentro no consigo adivinar cuál es. Sólo pienso: que mire, que mire, que me mire. Lo pienso tan fuerte que me da miedo que lo escuche. Pero no lo hace y sigue caminando. Cuando llega a la otra acera se pierde entre la gente. Alguien, estacionado detrás de mí, pita.


No, no puede ser. Debería haber hecho algo. Ojalá pudiera echar atrás el tiempo.


Camina despacio, con la mirada perdida. Bajo la ventana del coche y la llamo. Qué vergüenza, pienso, y qué le digo ahora. Pero va escuchando música y no me oye. Me pregunto qué canción sonará en ese momento, y me imagino bailando con ella en mitad del paso de cebra. Sigue caminando. Cuando llega a la otra acera...


Un momento. Si antes conseguí retroceder unos segundos, por qué no iba a poder hacerlo otra vez.


Camina despacio, con la mirada perdida. Toco el claxon. Ella, sobresaltada, echa a correr hacia la otra acera y se pierde entre la gente.


¿Y si dejo el coche? ¡Eso es! Si voy andando me la encontraré de frente.


Camino despacio, con la mirada fija en la otra acera. Pero ella no aparece.


Hay historias que no se darán jamás.



NiñoCactus